En campo de gules, un
corazón rojo fileteado
en oro, con la leyenda
‘Priscas Novissime
exaltat et amor’,
cargado de una flor de
lis y de un león, sumado
de corona real y rodeado
de seis coronas de oro.
Bordura de León y
Castilla, en sus
esmaltes reales, con
dieciséis compones.
Datos de interés:
Superficie:
885.9 Km ²
Nº de habitantes:
377.888
Altitud:
45 metros
Distancia a Murcia:
--
Lugares de interés:
Catedral, Castillo de
Monteagudo, Museo
Arqueológico, Museo del
Salzillo, Teatro de
Romea, Casino, Santuario
Virgen de la Fuensanta,
Convento de los
Jerónimos
Conoce nuestra
Murcia...
La
‘musulmanía’ de
Murcia es
manifiesta. Apenas
se urga en sus
entrañas brotan
restos de antiguas
edificaciones,
ajuares y osamentas
que evidencian su
orígen islámico
(junto a la antigua
Puerta de la Aduana
o de Verónicas, se
alza una de las
noventa y cinco
torres coronadas de
almenas y matacanes
que lucía la muralla
de la milenaria
Mursiya). Parece que
el viejo corazón de
la ciudad, oculto y
menospreciado,
regalara todavía una
porción de aquel
legado
arquitectónico
iniciado, según el
profesor Alfonso
Carmona, el 25 de
junio del año 825,
cuando el
representante de la
dinastía de los
Omeya, Abd Al-Rahman
II (792 / 852),
ordenó la
destrucción de Ello
y la fundación de
una nueva ciudad a
orillas del río
Segura que reforzara
la cora de Tudmir y
se convirtiese en
capital de la
provincia.
El historiador Juan
Torres Fontes ha
recogido el
testimonio del
cronista catalán
Ramón Muntaner,
quien al narrar el
sitio de Murcia por
el ejército de Jaime
I la define como
«ciudad muy noble y
honrada y muy
fuerte, casi la
mejor amurallada que
haya en el mundo».
Un murciano ilustre,
el licenciado
Francisco Cascales,
describe la muralla
como «muy alta y muy
fuerte, hermosa, con
muchos torreones,
levantada para
defensa de ataques
enemigos, protección
de riadas y
epidemias».
La muralla ya no es
un secreto. Tenía
una triple
estructura
defensiva: la
muralla principal,
de seis metros de
ancho y quince de
altura, con noventa
y cinco torres
apenas distanciadas
entre sí; el
antemuro, de menor
dimensión, donde se
emplazaban las
saeteras, y un foso.
En su circuito
existían doce
accesos: la llamada
de las Siete
Puertas, junto a la
Iglesia de Santa
Olalla (la actual
Santa Eulalia,
nominada así en
agradecimiento a los
catalanes que
intervinieron en la
reconquista de la
ciudad), y desde
ahí, siguiendo todo
el contorno, se
sucedían las puertas
del Toro, del Sol
(«rica, con su
espacioso arenal y
antepecho de la
ribera del Segura»),
del Puente (que
estribaba en el
Alcázar Nuevo
construído por
Enrique III ), de la
Verónica o de la
Aduana, de San
Ginés, de Santa
Florentina (antes se
llamó del Azogue),
de los Porceles, de
Santo Domingo, del
Mercado, Puerta
Nueva («la de mejor
salida y de más
recreo de la ciudad,
pues había un paso
donde concurrían
cuatro acequias muy
juntas pobladas sus
riberas de hierbas,
flores y árboles con
la vista más
graciosa y amena que
puedan gozar ojos
humanos») y,
finalmente, la
Puerta de Orihuela
que antes se llamó
del León. Tras la
reconquista, las
mezquitas que se
alzaban en la ciudad
se convirtieron en
parroquias, cada una
con su respectiva
iglesia. Dentro del
recinto amurallado
se podían contar las
de Santa María o de
la Catedral, Santa
Catalina (su torre
hacía las veces de
centinela, uso que
perduró hasta los
siglos XVI y XVII
para avisar de los
ataques berberiscos
al Mar Menor y al
Campo de Cartagena),
Santa Eulalia, San
Bartolomé, San
Nicolás, San Pedro y
San Lorenzo, que
daba la espalda a la
judería. A pesar de
los desmanes y del
lamentable proceso
actual de mimetismo
urbano, el trazado
de la ciudad ofrece
todavía un lejano
rumor de recodos y
angosturas, adarves
o azucaques que se
estrechan buscando
el frescor de la
umbría.
También ha
sobrevivido la
distribución por
barrios de la medina
islámica y parte de
la toponimia del
callejero: calle de
la Acequia, de los
Alamos, Zoco,
Aladreros,
Albudeiteros,
Alfareros, Almohajar,
del Almudí, Azucaque,
Caravija o Almenara,
espacio donde se
encendían grandes
hogueras para
advertir del peligro
inmediato. Hay
asimismo voces y
gestos que evocan a
los fundadores de la
ciudad: los términos
horno moruno, ajuar,
alpargata, almajara,
aliacán y alboroque
los pronuncian los
últimos hortenses
sentados en
cuclillas junto al
quijero de un
azarbe, a la sombra
de una higue ra. Sin
embargo, la
ciudadanía, adicta a
la prisa y embaucada
por el progreso ha
olvidado su historia
y vive un palpable
desarraigo. Ya no
huele a flor la
ciudad, y son
escasos los frutos ,
verduras y
hortalizas que
rezuman el aroma, el
sabor, la textura y
la jugosidad de
antaño. Lo auguraba
en 1969 el escritor
González Vidal:
«Murcia, como Venus,
surgió de las aguas.
Fue una ciudad
fluvial, nacida
junto a un río, como
tantas otras
construídas en los
valles fértiles.
Desde lo alto, la
huerta de Murcia se
vislumbra como un
lago verde y en
sosiego. A primera
vista parece que ese
verdemar circundante
que asedia a la
ciudad acabará
anegándola. Luego,
se comprueba que es
la huerta la que va
a ser devorada por
la ciudad, que
morirá en sus fauces
en un futuro que
empieza a ser
preocupante. (.)
Murcia ha iniciado
descaradamente su
despegue de la
tierra matriz, se
desarraiga. La
huerta es para
Murcia una llamada,
una ciega atracción,
y, como en el amor,
su conquista es su
muerte».
Una
fortaleza
en campo
de azul
y en sus
almenas
la
figura
de
Alfonso
X,
armado
con
espada
en la
mano
diestra
y una
llave en
la
siniestra.
A los
lados
del
castillo
una
llave y
una
espada
de oro.
Bordura
de gules
(rojo)
con el
siguiente
lema:
Lorca,
solum
gratum,
castrum
super
astra
locatum,
ensis
minan
paravis.
Regni
tutíssima
clavis.
Se
supone
que el
escudo,
con
distintas
variantes,
lo
ostentó
la
ciudad
desde
época
alfonsina.
El
actual
es del
siglo
XVIII.
Datos
de
interés:
Superficie:
1,675.2
Km ²
Nº de
habitantes:
79.481
Altitud:
331
metros
Distancia
a
Murcia:
65 Km
Lugares
de
interés:
Colegiata
de San
Patricio,
Castillo
y
Torres,
Teatro
Guerra
,Santuario
de Santa
María
Real de
las
Huertas
Lorca
Erguido sobre la
roca, dominando
la ciudad, el
castillo de
Lorca es un
fulgor de piedra
en la llanura.
Desde la lejanía
se percibe la
luz sesgada del
atardecer, los
últimos reflejos
del sol que
incendian un
alborozo de
cúpulas,
campanarios y
espadañas,
plazuelas,
hornacinas,
palacios,
blasones,
adoquines y
rejerías.
El aire sabe a
miel y esa luz
rojiza bruñe los
sillares de la
colegiata de San
Patricio, el
Pósito, la plaza
Mayor, la del
Caño, el porche
de San Antonio,
la Corredera, el
santuario de las
Huertas, la
columna
Miliaria, el
albero de
Sutullena, la
arquería del
claustro de los
Guevara, el
verdor de las
Alamedas y la
espuma que lame
las arenas de
Calnegre. En el
siglo XII, al-Hiyari
la describía
así: Pasé por
esta ciudad y
nunca vi nada
más hermoso que
su llanura ni
nada más
espléndido que
su río y los
huertos que
están en sus
riberas.
Por lo que
respecta a la
inexpugnabilidad
de su fortaleza,
baste decir que
ello es tan
notorio y
conocido que se
ha hecho
proverbial.
Ahora, desde el
silencio de la
torre Alfonsina,
el paisaje del
municipio
lorquino, el de
mayor extensión
del país
-1.675,2
kilómetros
cuadrados-,
ofrece el
singular
contraste de la
región de
Murcia: al
norte, la tierra
agostada,
cegadora de
tanta blancura,
y al sur, una
alfombra de
huertos
entreverada de
acequias,
palmerales,
casitas
blancas.... Es
la Lorca
monumental y
fronteriza,
alfarera y
bordadora,
renacentista y
barroca,
agrícola y
ganadera, blanca
y azul,
apasionada y
laboriosa, la
que demanda, con
razón y firmeza,
un campus
universitario,
aunque sobre
este festín
ciudadano los
siglos han
depositado una
pátina de
sabiduría y
escepticismo que
se refleja en el
carácter de sus
moradores.
De
castillos
encumbrada...
del
Reino
segura
llave.
(Leyenda
de
la
ciudad).
Esta
fue
mi
glorieta.
San
Vicente
estático,
se
alzaba
en
una
esquina
sobre
un
miliario
de
inscripción
latina
recibiendo
los
oros
del
Poniente.
Manuel
Gimeno
Castellar
(1895-1979).
Estas
puestas
de
sol
que
son
como
un
tesoro
Eliodoro
Puche
Calasparra
Sobre campo de
plata un
castillo
roquero,
donjonado y
almenado con
banderín de
homenaje en el
que aparece la
cruz de la Orden
de San Juan de
Jerusalén. A la
diestra, en su
color, una parra
que eleva su
tallo y hojas
hasta la altura
de la fortaleza
como símbolo del
lugar
Datos de
interés:
Superficie:
185.5 Km ²
Nº de
habitantes:
9.239
Altitud:
341 metros
Distancia a
Murcia:
75 Km
Lugares de
interés:
Museo
Arqueológico,
Iglesia de los
Santos, Iglesia
de San Pedro,
Santuario Vírgen
de la Esperanza
Calasparra
Junto a la Sierra
del Molino, sobre
uno de los altozanos
que dominan la
ribera del Río
Argos, se eleva la
villa de Calasparra
que acaba de
conmemorar el
séptimo centenario
de su fundación,
aunque estas tierras
saben de primitivas
culturas y
civilizaciones que
dejaron huella de
siluetas humanas,
animales y útiles en
la cueva de los
Monigotes, santo y
seña de la pintura
rupestre levantina
de hace cuatro mil
años. Tierra de
embalses, Calasparra
disfruta de la
cercanía de tres de
ellos: Argos,
Alfonso XIII y
Cenajo, donde se
pesca el barbo, la
carpa y la trucha.
Un Segura abundante,
sereno y cristalino
convierte sus
orillas en playa
cuando su curso
acaricia el
Santuario de la
Virgen de la
Esperanza, paraje
natural excavado en
la montaña en el que
se venera a la
patrona, o cuando
sus aguas, en la
confluencia con el
Quípar, se deslizan
por el Cañón de
Almadenes, espacio
natural protegido
donde el río se
estrecha entre
profundas gargantas
de doscientos metros
de desnivel y se
torna inaccesible
por tierra.
Aquí habita la
gineta, el mirlo
acuático, el martín
pescador, la
gaviota, el
cernícalo, el
halcón, el águila,
el búho real, la
nutria, la tortuga y
el
cormorán
junto a una varia y
profusa vegetación
formada por álamos,
sauces, olmos,
higueras, adelfas,
acebuches, helechos,
hiedras, lirios
carrizos y
orquídeas.
Calasparra, y el
noroeste de la
Región en general,
es una antigua,
hermosa y
desconocida dama que
todavía conserva en
el paraje de La
Ramona una
explotación salinera
inédita y secular.
Mas lo que aquí
prevalece, lo que se
impone como
referencia de la
villa es el arroz,
único de los del
mercado con
denominación de
origen. Los
arrozales crecen
puntuales bajo un
sol rotundo que se
esparce benefactor
por los
bancales de
verduras, por los
frutales y
correhuelas que
florecen en las
orillas de los
caminos. Cuando nace
el alba,
Calasparra es una
aurora de geranios y
de oros. El día va
alumbrando el cerro
y los arrozales, el
acueducto romano y
las piedras del
castillo que
protegía la villa,
la oquedad y el
retablo del
Santuario de la
Esperanza, la
portada blasonada de
El Molinico, el río
que discurre
perezoso entre los
cañaverales, la
veleta de la iglesia
de San Pedro (siglo
XIII), la Torre del
Reloj, el albero
centenario de La
Caverina....
El casco viejo se
desgaja en un
laberinto de casas
de planta
baja, de azucaques y
callejas de trazo
árabe que contrastan
con los edificios y
la geografía urbana
más reciente, como
la plaza dedicada a
la memoria del arqui-
tecto Emilio Pérez
Piñero, calasparreño
universal que
atesoró elogios y
galardones por la
creación de una
cúpula de sólido y
bellísimo entramado.
Descubre nuestra
promoción en la zonaCañada Verde
a un precio reducido
y calidades de lujo.
Caravaca
de
la
Cruz
El escudo de
armas de
Caravaca se
ilustra con
la cruz de
doble
traversa,
esmaltada en
azul, sobre
una vaca
bermeja,
contornada y
acornada con
diversos
esmaltes y
campo de
plata. Salvo
ligeras
variantes se
viene
utilizando
desde el
siglo XIV.
Datos de
interés:
Superficie:
858.8 Km ²
Nº de
habitantes:
23.362
Altitud:
650 metros
Distancia a
Murcia:
72 Km
Lugares de
interés:
Castillo
y Santuario
de la Cruz,
Torre de los
Templarios,
Fuentes del
Marqués,
Templete del
Baño de la
Cruz
Vencido el alto del
Carrascalejo y la ciudad
de Begastri, que en
tiempos fue sede
episcopal, el viajero se
adentra en el antiguo
reino de Caravaca,
patria del poeta
andalusí Abu Hasan Al-Abbas
Al Caravaqui y de uno de
los grandes narradores
de este siglo: Miguel
Espinosa. Reino en el
año 700, Encomienda de
los Templarios,
monumental, fronteriza,
santiaguista, rena
centista y barroca, la
antigua Caravaca
bastitana de Claudio
Tolomeo se llamó Carca.
Su paisaje es claro y
apacible. Se extiende
por campos y sembraduras
moteados de rebaños,
viñedos, olmos, pinares
y arboledas. El aire
perfumado de los
amaneceres abaniquea las
hojas del olivar vecino
y en la vega de los ríos
Argos y Quípar, bajo las
alas de los álamos,
canta el agua y la
pajarería. Aquí flore ce
el tomillo, la murta y
el romero, la tierra se
torna rojiza y el verde
de los pastos semeja un
tapiz de esmeraldas.
Ocho cumbres superan los
mil metros de altitud:
sierras de Gadea, la
Pinosa, la Serrata, la
Zarza, de las Cabras,
Mojantes y Vicario.
En ellas anidan diversas
aves esteparias -aguiluchos
cenizos, alcaravanes,
gangas, ortegas...-,
pequeños mamíferos, jabalíes
y, en menor grado, cabras
monteses amenazadas por
cazadores furtivos y
vehículos todo terreno (el
rally Trans-España ha
atravesado en dos ocasiones
esta reserva cinegética).
Pero volvamos a esa ciudad
de fríos amaneceres y cielo
claro que en 1.996 fue
depositaria de una gracia
solemne: la Bula de
Concesión del Año Jubilar.
Tres motivos justificaron
esta concesión: La presencia
durante 764 años de la Vera
Cruz en Caravaca, el hecho
de que la Reliquia sea un
símbolo de la muerte y
redención de Cristo, y que
su conocimiento haya
transcendido a gran parte
del occidente. Desde
cualquiera de los caminos
que llevan a Caravaca
fascina la silueta del
Santuario de la Vera Cruz,
un
bellísimo conjunto de
armoniosas formas y
volúmenes que se alza sobre
el punto más elevado de la
villa, protegido por gruesas
murallas, nueves torres y
tres torreones con una sola
puerta al poniente
flanqueada por dos torres
cuadradas. Caravaca,
baluarte fronterizo en los
numerosos enfrentamientos
con el reino de Granada, es
íntima y sosegada, heredera
de una antiguo silencio que
florece en el barrio
medieval salpicado de casas
nobles con escudos de armas
en sus fachadas: calles de
Las Monjas, Poeta Ibáñez,
Santa Teresa y María Girón.
A 14 kilómetros se halla la
ermita de La Encarnación y
un complejo arqueológico de
gran trascendencia, pues
acoge al único templo romano
de la Región edificado en el
siglo II antes de Cristo
sobre las ruinas de un
santuario ibérico.
Cehegín
Hermanada con la
población
barcelonesa de
Mataró, Cehegín
luce escudo
español con un
castillo de tres
torres sobre
fondo azul: la
del home naje en
el centro con
mayor elevación,
en oro y
aterrazada sobre
el campo. A
ambos lados
sendos pinos en
su color y
debajo del
castillo dos
pinos más
pequeños entre
los que aparecen
las ramas secas
de un arbusto en
su color. Está
basado en un
blasón del siglo
XVI que figura
en la facha da
del edficio del
antiguo Concejo.
Datos de
interés:
Superficie:
299.3 Km ²
Nº de
habitantes:
14.502
Altitud:
592 metros
Distancia a
Murcia:
68 Km
Lugares de
interés:
Iglesia de la
Magdalena,
Convento-Santuario
de los
Franciscanos
Coronada la cumbre
del Carrascalejo,
Cehegín se anuncia
con paisaje vario y
presumido. La tierra
se torna rojiza y el
verde de los pastos
parece iluminarse.
Hileras de cipreses,
suaves ondulaciones
alfombradas de
pinos, hortalizas y
frutales componen un
paisaje de dulce
policromía. Sierras,
manantiales,
llanuras elevadas,
barrancos y arroyos
surcan el municipio
mientras los ríos
Argos y Quípar
discurren perezosos
a uno y otro lado de
los Cabezos de la
Jabalina. Situada en
la vega del río
Argos, la villa de
Cehegín muestra
todavía algu- nos
tramos de la muralla
de aquella fortaleza
que, siglos atrás,
alardeaba en la
colina asentada
sobre sólidos
sillares de jaspe y
mármol.
Según el censo de
1.989, en este
municipio sólo se
cultivaron 727
hectáreas de
viñedos, mas ha de
saber el lector que
en el siglo XVIII
Cehegín fue la mayor
bodega de la Región.
Un centuria más
tarde, a raíz de la
plaga de filoxera
que asoló el viñedo
francés, los
viticultores galos
se establecieron en
Yecla y Jumilla. Y
es que Murcia ha
sido desde siempre
tierra de caldos
generosos que han
conservado la pureza
y reciedumbre de
antaño. Existe
probada
documentación de la
existencia de
abundantes viñedos
hacia el año 800,
aunque durante la
dominación árabe
fueron sustituidos
por otros cultivos.
En Cehegín, reino
del cáñamo y del
esparto hasta hace
unos años, la
cultura brota de sus
edificios como una
antigua heredad.
Bajo la luz tamizada
de las calles
tortuosas y
empinadas, los
alpargateros
disponían su
mercancia para
venderla a los
propios vecinos o
llevarla a ferias y
mercados. Ahora,
junto al silencio
prendido en fachadas
de arquitecturas
medievales, el
viajero observa al
último hilador de
cáñamo, y en el
centro de la villa,
erigida sobre una
fuente, la escultura
del Alpargatero.
Basándose en un
manuscrito redactado
en 1.657 por el
caballero Martín de
Ambel y Bernard, el
cronista de la
Provincia Seráfica
de Cartagena, fray
Pablo Manuel Ortega,
describió así la
villa en 1.750 :
Cehegín es
antiquísima
población.
Lo prueban los
vestigios que quedan
de tan maravillosa
antigüedad. Tiénese
por fundación de los
Griegos Phocenses o
Phenicios, como
otros muchos pueblos
de estas marinas,
fundándose en
aquella general de
Plinio que hemos
puesto otras veces.
Robles Corbalán dice
que dichos griegos
le llamaron Theogi,
que se interpreta
Tierra de Dios,
aludiendo a su mucha
fertilidad,
opulencia, regalo y
hermosura. El río
que baña los muros
de Cehegín se llamó,
dicen, y aún hoy le
llaman muchos, el
río de Argos. (.)
Tiene su asiento
esta villa de
Cehegín sobre un
encumbrado peñasco
monte, a quien
servía de corona un
gran castillo que
por su materia,
sitio y forma era
inexpugnable, pues
por lo que toca a la
materia son unos
sillares grandísimos
de jaspe y mármol,
de que abunda su
término;.la forma un
enlace con los mismo
gados y pirámides
toscos del risco, de
un argamasón tan
firme como el
bronce; y uniendo la
naturaleza y el arte
esto todo, fueron
formando las torres,
murallas, baluartes
y bastiones, con
proporcionada
simetría; de modo
que es tanto de
advertir o de
admirar su hermosura
como su fortaleza.
A la vanda del norte
y gran parte de los
ángulos laterales
hay un despeñadero
horroroso, de peña
taja, o escarpada; y
por la parte del
austro, que está el
pueblo, sobre
diferentes quebrados
y picachos del mismo
monte, bajaba una
fortísima muralla
adornada al mismo
tiempo que
fortalecida con 32
torres, de las que
dice el doctor Espín
que alcanzó aún a
ver; pero ahora sólo
quedan algunos
pedazos, así de las
torres como de las
murallas; bien que
indican lo que
fueron porque están
convertidos en un
almendrolón
diamantino. Al fin,
esta muralla
fortalecía y
abrazaba todo el
pueblo, para donde
se bajaba por sola
una puerta, que
tenía dos cubos o
torres fortísimos,
las que hoy vemos
aunque muy que
brantadas, y un foso
muy alto y profundo,
al que daba paso una
puente levadiza.
El relato
-posiblemente
exagerado- coincide
con la actual
población de Cehegín,
la que aún baña el
Argos y muestra sus
viejos tejados al
sol superponiéndolos
sobre cañaverales,
arena clara y cantos
rodados. Pero sus
orígenes hay que
buscarlos en el
Cabezo Roenas (de
las Ruinas) a dos
kilométros de la
actual población, en
la margen derecha
del río Quípar.
Allí, en plena
huerta, se halla el
yacimiento
arqueológico
tardo-romano-visi-
gótico de Begastri,
ciudad que fue sede
episcopal desde el
siglo IV hasta el
VIII.
Del caballero antes
citado, Martín de
Ambel y Bernard,
natural de Cehegín,
cuenta el padre
Ortega que
hallándose en un
empeño de mucha
honra quitó la vida
a otro caballero de
Cehegín, y
habiéndose retirado
a la hermita de la
Concepción, se
enmarañaron las
cosas de tal modo,
que se mantuvo en el
sagrado toda su
vida, que fue larga. Martín de
Ambel (1.592-1.601),
recopilador de todo
lo escrito hasta
entonces sobre
Cehegín , visitó en
1.657 el Cabezo de
la Muela y vio que
«falda y cumbre y
alguna parte de lo
llano ostentaban
rastros de
magníficos
edificios,
disntiguiéndose la
forma de las calles
y plazas».
Durante el paseo,
Martín de Ambel
halló en el cabezo
una mesa de altar
con esta
inscripción:
ACRVSMINUS, obispo
de la iglesia
begastrensis. No
obstante, aún habría
que esperar al año
1.878 para
identificar la
exacta localización
de Begastri, gracias
al hallazgo de un
ara labrada en
mármol rojo de la
Puebla de Mula con
el epígrafe votivo:
“IOVI OPTIMO MAXIMO
RP BEGASTRENSI UM
RESTITUIT”. (A
Júpiter óptimo
máximo restituyó
este simulacro y
templo la república
de los
begastrenses). Las
excavaciones
realizadas desde
1.980 por los
departamentos de
Historia Antigua y
Arqueología de la
Universidad de
Murcia han
constatado la
existencia de una
urbe rodeada por
tres murallas, con
trazado quebrado y
algunas torres.
Su construcción
corresponde a dos
épocas: una romana y
otra bizantina o
visigoda,
consecuencia de una
reconstrucción o
ampliación. En el
interior del recinto
superior se
encuentra la
ciudadela amurallada
y desde ahí se
desarrolla la
ciudad, de la que se
han descubierto
numerosas
construcciones de
mamposteria y
tapial. Junto a la
segunda línea
defensiva construida
en la falda del
cerro (siglos VI a
VII) existe una
necrópolis.
En la
ribera de
Argos
dejé mis
ojos
llorando,
Dios sabe
después acá
si he tenido
algún
descanso.
Moratalla
Blasón
cortado.
Arriba,
sobre campo
azul sol en
oro y luna
creciente en
plata,
orlado en
rojo con
doce
estrellas en
plata. En la
parte
inferior
castillo
almenado con
una escalera
apoyada en
el flanco
izquierdo.
Datos de
interés:
Superficie:
954.8 Km ²
Nº de
habitantes:
8.600
Altitud:
680 metros
Distancia a
Murcia:
84 Km
Lugares de
interés:
Castillo,
Iglesia de
la Asunción
Al pie del
cerro de San
Jorge,
recortadas
en el
horizonte
las siluetas
de la
iglesia de
San
Francisco y
de la Torre
del
Homenaje, se
avista
Moratalla,
la que baila
y se
estremece al
son de
cuadrillas y
tambores, la
que corre
ante los
toros que
vienen por
antiguos
caminos de
mesta, la
que toca el
cielo con
los dedos o
la que se
serena en el
balneario de
Cantalar.
Dulce e íntima, como una
novia, Moratalla es una
golmajería de pinares y
escarpaduras, un júbilo
de mañanas transparentes
que invitan al gozo, un
tesoro forestal donde
aún verdea el roble, el
olmo, la vid, el olivo y
la sabina. Es Moratalla
también un regocijo de
manantiales de agua
helada y cristalina,
un
belén con picachos
nevados, sembraduras,
cercados, pastores que
atienden el rebaño,
casitas de planta baja,
tejas de cañón y humo de
chimeneas que buscan el
azul. Los nombres más
hermosos florecen bajo
este cielo surcado por
el aguila de largas
alas: río Alhárabe, río
Benamor, ramblas de
Inazares y Las
Buitreras, sierra del
Cerezo, de los Alamos,
picos del Buitre y de
Revolcadores, penacho
invicto de la región con
una altitud de 2.018
metros.
Jumilla
El
blasón de Jumilla es
cortado y partido.
Sobre fondo azul,
castillo cuadrado en
oro, almenado y
donjonado de tres
torres. La central
es mayor y cada una
tiene tres almenas.
Al lado una ermita
en oro. Los dos
mazonados de negro y
adjurados de gules
están aterrasados al
natural. Cortado de
plata, un león
rampante armado y
lampasado sobre una
peña natural. En el
cuartel de la
siniestra dos
escaleras puestas en
palo sobre fondo
azul con bordura
componada de
Castilla y León.
Fuera del escudo, la
leyenda Muy Noble y
Muy LeaL
Datos de interés:
Superficie:
970.6 Km ²
Nº de habitantes:
22.968
Altitud:
498 metros
Distancia a Murcia:
70 Km
Lugares de interés:
Castillo del Marqués
de Villena, Museo
Etnológico, Iglesias
de Santiago y del
Salvador
Si
alboreando el mes de
Mayo el viajero
asciende por el
pinar que abraza el
convento de Santa
Ana y vuelve el
rostro a ese lienzo
campesino salpicado
de cresterias,
frutales, vides y
tierras pardas,
observará, no sin
sorpresa, que por el
llano cabalga un
centenar de jinetes
dejando a su paso
una nube de polvo
que se arremolina
por los caminos y
sembradoras. Podrían
ser las tropas del
taifa murciano
Abenhudiel, o las de
Jaime I el
Conquistador, que a
finales del siglo
XIII tomó el
castillo y repobló
la comarca con 80
caballeros
aragoneses cuyos
apellidos aún
perduran en Jumilla.
Incluso podría
tratarse de las
aguerridas huestes
del infante Fadrique,
que asaltaron la
fortaleza y
devolvieron la villa
a la Corona
castellana, o de las
tropas francesas,
que en 1813 se
acantonaron en el
cerro y saquearon la
comarca. Más allá,
donde confluyen la
cañada de la limena
y la rambla del
Judío, al abrigo del
cerro de San Jorge
se alza la antigua
Samala, apacible y
luminosa.
Atrio de la
Iglesia Mayor
Tañen las
campanas y
el sol, que
ha ganado
altura, se
derrama por
esas
alineaciones
de cepas que
en el otoño
serán
pámpanos de
oro. La
cercanía de
los jinetes
que ya han
alcanzado
las
estribaciones
del convento
disipa
cualquier
duda.
Escoltan, en
el retorno a
su camarín,
la imagen
del Cristo
atado a la
columna que
la gubia de
Salzillo
esculpió en
1756. El
suceso
congrega en
Jumilla a
más de
20.000
romeros.
Apenas
despunta el
alba
desfilan de
los
populares
armaos (la
Banda de
Cornetas y
Tambores de
la Hermandad
de¡ Cristo),
se oficia
una misa
para
despedir a
la venerada
imagen y
comienza la
romería, que
tiene sus
orígenes en
el año 1848,
aunque sólo
hace un
lustro que
ese centenar
de jinetes
galopa por
la llanura
rememorando
otras
épocas,
distintos
aconteceres.
Al abrigo de
seculares
cipreses que
lo protegen
del viento,
el
monasterio
de Santa Ana
se edificó
junto a un
manantial en
el año 1573.
Desde
entonces,
los padres
franciscanos
han sido sus
únicos
moradores.
Ampliado en
el siglo
XVII, el
claustro, el
refectorio,
el jardín
con las
capillas, la
biblioteca
monacal de
más de
20.000
volúmenes,
el huerto y
la imagen de
Santa Ana
(la popular
abuelica),
aguardan a
los romeros.
Salvo estos
días de
mayo, el
silencio se
pasea por
esta
serranía de
947 metros
de altitud
alfombrada
de pinares.
En el siglo
XVII, cuando
aún corrían
por sus
quebradas
corzos y
venados,
fray Antonio
Panes
realizó una
hermosa
descripción
M entorno:
Está el
convento de
Santa Ana
cercado de
antiguos
cipréses.
Desde la
humilde
falda del
monte hasta
las cumbres
altas se ve
todo el
sitio
cubierto de,
espesos
pinares,
enebros,
carrascas y
otras
plantas
silvestres,
sin la
infinita
variedad de
matas de
romeros,
lentiscos,
tomillos,
espinos,
estepas y
otras yerbas
medicinales
que
entretexidas
con los
riscos de
diversas
figuras
hazen muy
agradable y
devota la
vista.
Descuella
sobre todas
otras una
altísima
peña tajada,
que por los
muchos
buitres que
en ella se
anidan,
dizen la
Buitrera.
Tiene abajo
taladrada la
tierra el
conejo, y en
las cañadas
mas
escondidas
tiene su
guardia el
jabalí, /,a
cabra montes
y el venado,
que con ser
tan tímido
suele
acercarse al
mismo
convento,
junto al
cual muchas
veces ven
los frailes
desde sus
celdas
bandadas de
corzos; y a
raíz de la
misma cerca
oyen los
cantos de
las perdices
y de otra
diversiciad
de aves; las
cuales
(especialmente
en primavera
los
ruiseñores)
con su
metodil y su
dulzura
regalan y
suspenden
los sentidos
y convidan a
los
RetiSiosos a
las
alabanzas
del Criador:
despertándoles
con sus
voces al
romper el
día. Desde
aquí, la
nítida luz
del
altiplano
permite
apreciar
cómo esas
estepas de
transición
con las
llanuras
albacetenses
levantan de
manera
dispersa
algunas
sierras
aisladas:
del
Escabezado,
de las
Cabras, del
Molar, de la
Cingla, del
Picacho,
Larga, Santa
Ana, del
Buey, de
Enmedio y El
Carche
(1.371
metros de
altitud),
espacio
natural que
conserva el
carrasca¡ de
Guarrafia y
ejemplares
dispersos de
pino de
Cazorla. De
excepcional
valor
paisajístico,
en El Carche
anidan,
junto a
diversas
rapaces el
jabalí, el
gato montés,
el águila
real y
algunos
linces.
El
Monasterio
de Santa
Ana, en el
que vivió
durante tres
años San
Pascua¡
Bailón, es
una apacible
y silenciosa
atalaya
donde evocar
numerosos
aconteceres;
no en vano,
esta jumilla
de
¡ríos y
claros
amaneceres,
de arrogante
arquitectura,
de violáceas
y otoñales
melancolías,
albergó a
sus primeros
pobladores
en el
Paleolítico
Inferior
(450.000
años a. de
C.), supo de
numerosos
asentamientos,
pinturas
rupestres,
necropólis y
hasta de un
templo
dedicado a
la diosa
Tannit.
Ahora, sobre
el cerro
donde se
asienta
jumilla, aún
alardea la
fortaleza de
los Pacheco,
construida
en el siglo
xv por el
segundo
marqués de
Villena,
aunque
vestigios
arqueológicos
apuntan a un
primera
ocupación
durante la
segunda Edad
de¡ Bronce
(1700 a. de
CJ. Después,
iberos y
romanos
edificaron
torres de
vigilancia y
tres
aljibes,
conservándose
restos de[
castillo
árabe y de
la primera
ermita de
jumilla,
Santa Maria
de Gracia,
edificada
sobre los
cimientos de
la mezquita.
lbn?al?Abbar,
en dos de
sus obras,
citaba el
nombre de
Yumalla
(Jumilla)
como patria
de
prestigiosos
eruditos que
agregaban a
sus
apellidos el
sobrenombre
de
al?Yumalli
(El
jumillano).
Visita nuestro promoción y campo
de Golf Santa Ana
golf resort en Jumilla.
Mula
En campo de plata un
castillo en el centro
del blasón; sobre él, un
aguila negra con las
alas extendidas. Debajo
de la fortaleza una mula
vuelta hacia la
izquierda. A veces se ha
reproducido con dos
mulas a los lados del
castillo.
Datos de interés:
Superficie:
634.2 Km ²
Nº de habitantes:
14.870
Altitud:
340 metros
Distancia a Murcia:
34 Km
Lugares de interés:
Castillo de los Fajardo,
Castillo de los Vélez,
Santuario del Niño de
Balate, Real Monasterio
de la Encarnación
En las noches de mayo el cielo
de Mula es un bullir de
estrellas. Una luna mora ilumina
las montañas y las tiñe de un
azul misterioso. Sabido es que
Alfonso X, filósofo, poeta y
astrólogo, creía en la
influencia de las piedras y de
los astros.
Cuando aún era Infante,
pertrechado de ballesta y
armadura, cabalgaba de
anochecida por esta vega hacia
las estribaciones de Espuña para
cazar rebecos y jabalíes. Según
el Libro de la montería de
Alfonso XI, en aquellos años
había abundancia de osos en
todos los montes del interior de
Murcia (existen sorprendentes
testimonios de partidas de caza
por las sierras de Lorca, y en
antiguos textos árabes -Las muy
nobles fieras de Al-Andalus-, se
confirma la presencia de osos
que los notables musulmanes
mataban a lan zazos, junto a las
playas de Aguilas).
A mediados del siglo XIII,
Cartagena, Lorca y Mula eran los
únicos enclaves del Reino de
Murcia que oponían resistencia
al Infante. Tras prolongado
asedio al castillo de Mula
dirigido por Pelayo Correa,
maestre de la orden del Temple,
el propio Infante envió un
ultimatum al alcaide, Alboazen
Boely, que se negó a entregar la
villa con una frase retadora:
Ganarás la ciudad cuando la mula
haya parido.
Cuando la respuesta llegó al
campamento era noche cerrada. En
el cielo de mayo bullían los
astros y una luna árabe
iluminaba las montañas
tiñéndolas de un azul
misterioso. Alfonso X, que
probablemente observaba la
corona de estrellas de Ariadna,
montó en cólera, formó a su
ejército, asaltó la fortaleza,
liberó a mil cautivos
cristianos, tomó posesión de las
casas y tierras de labor,
consagró dos mezquitas y regresó
a Toledo dejando en el castillo
para su defensa a ochenta
caballeros, comendadores, ricos
hombres y nobles adscritos a
órdenes militares. Desde
entonces, en esta población
levantada a orillas de un
riachuelo, con buenos muros y en
lo alto fuerte alcázar torreado,
que rendía pan, vino, aceite,
toda clase de frutas, pasas,
hortalizas, seda, aves, caza y,
a media legua, salutíferos
baños, se perciben las huellas
de aquellos hijosdalgos que
trajeron sus armas y apellidos
desde Galicia, León, Vizcaya y
Castilla. El eco de los
Saavedra, Luna, Párraga,
Melgarejo, Llamas, Camacho,
Campos, Valcárcel, Sánchez de
Galinsoga, Blaya, Molina,
Guillén, Aparicio, Cueto,
Portillo, Coy, Pelayo, Hita o
Carreño discurre por las calles
sinuosas y arriscadas que
preceden al castillo de los
Fajardo, como si aún celebraran
la victotoria acaecida el 23 de
mayo de 1243.
La villa de Mula conserva el
mismo pendón, sello y escudo
que, entre otras mercedes, le
otorgó Alfonso X en agosto de
1245: un águila negra con las
alas extendidas planeando sobre
un torreón orlado con varios
castillos. La fortaleza se alza
entre las vegas de los ríos Mula
y Pliego. Trazada por Luis
Fajardo, a instancias del
marqués de los Vélez, terminó de
construirse hacia el año 1524,
bajo el reinado de Carlos V:
Imperante Carolo V Cesare
Hispaniarum Rege, Domino suo,
según reza una lápida en la que
se asegura que el casti llo se
levantó sobre una anterior
fortaleza visitada por el
emperador Antonio Augusto Pío
(en realidad la lápida fue
colocado por el marqués de los
Vélez para ajus tarse a una
orden del emperador que
autorizaba la reedificación de
viejos cas tillos pero negaba
las nuevas construcciones).
No es el único reducto defensivo
de la zona. La comarca de Mula
es tierra de castillos, prueba
de la importancia que los árabes
concedieron a este enclave.
Cinco kilómetros al este de la
villa, sobre un cerro en forma
de pirámide, ame setado en su
cumbre, el llamado castillo de
Alcalá (Puebla de Mula) vigila
el curso del río. La
construcción conserva restos de
algunas torres, un amplio lienzo
de muralla y, en su interior,
doce aljibes rectangulares (al
oeste del cerro hay una senda
horadada en la roca que permite
el acceso). Otra atalaya,
conocida por los habitantes de
la Puebla como La Ermita, domina
el cauce del río Mula desde la
propia población. Se trata de
una torre cuadrangular de
notables dimensiones de la que
sólo es visible el lienzo
amurallado de la puerta de
acceso y un costado, pues está
rodeada de viviendas. Mula aún
ha de depararnos una gratísima
sorpresa. El Museo de Arte
Ibérico formado con los fondos
arqueológicos del santuario y
necrópolis de El Cigarralejo
excavados durante cuarenta años
por un muleño ilustre: el
arqueólogo Emeterio Cuadrado.
Instalado en el antiguo palacio
del marqués de Menahermosa, la
valiosísima colección de armas
-única en la península-,
ajuares, cerámica y aperos de
labranza muestra la evolución de
un poblado ibero entre los
siglos IV al II a. d. Cristo.
En lo alto de uno
de sus collados vimos al
rey don Alfonso, aquel
que entre los reyes de
España mereció el nombre
de Sabio, el cual, con
gran elevación de ánimo,
levantando a los ojos un
astrolabio, observa en
la parte austral del
cielo entre las
constelaciones de
Hércules y Bootes, la
latitud de la corona de
estrellas de Ariadna,
sin advertir que al
mismo tiempo le quitaban
la suya de la cabeza.
(Saavedra Fajardo. La
República Literaria)
«Situada en un altozano y
ventilada hacia todas
partes, por sus faldas
discurren las aguas del río
Mula en dirección al este.
Al norte, sin que perjudique
a la salud pública, se halla
el cementerio, y al sur una
abundante fuente que sirve
de para abrevadero de los
ganados.
Por ser su agua de mala
calidad los habitantes se
surten de la del río. El
terreno de Campos es
bastante barrancoso y el
principal monte, que se
titula Maraon, es demasiado
conocido en la comarca por
ser el punto en que los
vandidos acometen a los
pasajeros con más
frecuencia». Cuando Pascual
Madoz publicó en 1.850 su
Diccionario Geográfico-
Estadístico-Histórico,
Campos del Río todavía se
llamaba Campos y el término
bandido se escribía con uve.
La entonces aldea había
conseguido independizarse de
Mula y en 1.836 lograba su
propio Ayuntamiento.
Fue en 1.926 cuando adoptó
el nombre de Campos del Río.
Un horizonte de cabezos,
tierras margas, barrancos de
láguenas, pedrizales y
arenas donde brotan brezos y
restos del antiguo
espartizal, configura el
paisaje predominante de un
municipio que todavía
aguarda el milagro del agua.
Objetivo prioritario de la
alcaldesa, Antonia María
Buendía, es la construcción
de tres depuradoras.
Una pequeña para los dos mil
habitantes de la villa, otra
para una empresa y una
última para el pequeño
polígono que se desarrolla
al norte. La repoblación de
esta zona semidesértica es
la segunda prioridad. Al
sur, entre tanta tierra
agostada, junto al cauce del
río Mula se ofrece una
visión sorprendente a
consecuencia de la
escorrentía de las
precipitaciones: un tapiz de
verdes que se extiende bajo
los áridos cabezos, un oasis
donde florece el
albaricoque, el naranjo y el
limonero. La precariedad y
el aislamiento han inducido
al ayuntamiento a buscar
otras alternativas de
riqueza, como la
recuperación de la industria
del queso -sus orígenes
datan de finales del siglo
XIV-, y la de la miel de
azahar, uno de los productos
con denominación de origen
más esitmados de la Región
por su calidad y propiedades
digestivas y vitamínicas.
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